Rusia y la Tercera Roma

Por *Anatole Gubin Uliantzeff*

El mundo mantuvo un equilibrio precario mientras existió el patrón oro como respaldo del valor asignado a las monedas de todos los países. Sin embargo, este sistema fue desmantelado el 22 de julio de 1944 mediante los acuerdos de Bretton Woods. Esta maniobra permitió a Estados Unidos imprimir dólares sin respaldo para el desarrollo de su economía, financiando el mayor ejército del mundo, con más de 700 bases militares distribuidas en el mundo para sostener una política económica internacional basada exclusivamente en el dólar.
Para Estados Unidos, sustituir hoy el dólar por una moneda criptográfica o retornar al patrón oro representa un problema existencial. No está preparado para tal transición, es el país más endeudado del mundo, con una deuda superior al 130% de su PIB. Su único respaldo real es su poderío militar.
Esta es una de las tantas explicaciones de porque el mundo está sumido hoy en un caos económico, político y militar, con un EEUU desesperado tratando de mantener sus privilegios que a ojos de todo el mundo, se le escapan.
Pero hay una explicación más profunda.

Una experiencia personal con Rusia
Desde mi temprana edad, diversos motivos me pusieron en contacto con Rusia. Mi padre, coronel del ejército soviético, me enseñó la filosofía de Stalin; mi abuelo, sacerdote ortodoxo y fundador de esa iglesia en Chile, me transmitió aspectos ocultos de la religión ortodoxa.
Laboralmente me inicié en los pesqueros soviéticos durante la época de Allende, posteriormente desarrollé actividades comerciales en el área del transporte y desde 2007 representé intereses de su industria nuclear, principalmente.
Fui testigo del colapso de la Unión Soviética bajo el liderazgo de Gorbachov y su consecuente desintegración económica. Me tocó sufrir en carne propia las mafias rusas que crecieron al amparo de la anarquía económica propiciada por Yeltsin, para finalmente, contra todo pronóstico, presenciar el renacimiento de Rusia con un Putin experimentado y con mucho que aportar en el tablero geopolítico internacional.
Gracias a mis contactos en el aparato estatal ruso, viajé en numerosas ocasiones a Moscú acompañando a senadores y alcaldes chilenos, por invitación del gobierno ruso. Entre los conocidos estaban Ricardo Núñez, Waldo Prokurica, Jaime Orpis, Joaquín Lavín y Pablo Zalaquett. En diversas reuniones —las más relevantes con Gennadi Ziuganov, presidente del Partido Comunista; Wladimir Shirinovski, presidente del Partido Liberal de Derecha; Mijail Margelov, presidente del Comité de Relaciones Exteriores; Wladimir Platonov, presidente de la Duma Estatal; y Yuri Lushkov, alcalde de Moscú— surgieron interesantes observaciones sobre el proceso chileno. Comentaré dos de ellas:
El senador Ricardo Núñez preguntó a su par ruso: «¿En qué puede colaborar Rusia con el movimiento de izquierda latinoamericano?» La respuesta de Margelov fue: «Podemos hacer un gran aporte, de hecho somos expertos en ‘revoluciones’, gestionamos la más grande y nuestra conclusión es que ‘no sirve’. Lo único que logra es subir a los que están abajo para que ocupen el puesto de los de arriba, y después de un tiempo, los que bajaron vuelven a subir y los que subieron vuelven a bajar: es una rueda. En vista de ese resultado, Rusia eligió otro camino: el de la evolución, fue fácil» -dijo riendo Margelov- «solo le quitamos la letra r».
El otro mensaje interesante surgió de una pregunta persistente que los rusos hacían a los políticos chilenos: «¿Por qué tanto encono contra el general Pinochet?» La respuesta automática era que mató mucha gente. «¿Pero, habrá hecho algo bueno?” No había una respuesta clara; era evidente que el tema incomodaba a los chilenos, tanto de derecha como de izquierda. Entonces concluyeron los rusos: «Ustedes tienen un gran problema que les impedirá crecer, Pinochet los mantendrá siempre divididos. Nosotros, por ejemplo, tenemos a Stalin, guardando las proporciones el equivalente a Pinochet. La mitad de nuestro país está de acuerdo con él, la otra mitad no, pero no hay división entre nosotros, es historia y la aceptamos. Ustedes, los chilenos, deberían hacer lo mismo y verán que el resto de los países latinoamericanos los copiarán, y tal vez se haga realidad el sueño de Bolívar de una Latinoamérica unida».
Esta experiencia me llevó a replantearme lo que es Rusia y comprender el problema de Chile. Pasé por varias etapas, todas con cabos sueltos, hasta que finalmente encontré la pieza que faltaba para completar el rompecabezas: la Tercera Roma. Se trata de un conocimiento desconocido para la mayoría, incluso para los propios rusos, pero está presente en todos los acontecimientos importantes de ese país. Estudiarlo en profundidad me permitió entender sucesos históricos desde una perspectiva menos simplista, como la revolución bolchevique o conflictos actuales como la guerra de Ucrania, e incluso comprender lo que pasa en Israel, donde Rusia es una pieza gravitante.

Rusia: la tercera Roma
Aproximadamente en el año 500 d.C., Rusia nace como estado bajo el nombre de Principado de Rus, con el gobernante Rurik a la cabeza, un varego descendiente de vikingos. El territorio sobre el que se creó abarca la actual Ucrania y Rusia central, siendo Kiev su capital. Después de cien años, el nombre Rus derivó en Rusia y, debido a sus estrechas relaciones con Bizancio, adoptó formalmente la religión ortodoxa.


Kiev, la capital rusa, creció hasta rivalizar en poder con las principales capitales europeas como París, Londres y Roma. En el año 1300, Rusia fue atacada por las hordas de Gengis Kan. Por estrategia militar, su capital fue trasladada a Moscú, la segunda ciudad más importante. En 1500, Bizancio cae bajo el Imperio otomano y Constantinopla es arrasada.

A raíz de este evento, Moscú —que ya se consideraba heredera de Bizancio— recibió una petición del clero para que el príncipe gobernante asumiera el papel que la historia le proponía: ser Rusia el último bastión cristiano frente a las herejías y costumbres «poco ortodoxas» de los católicos en Europa Occidental, y frente a la amenaza del Islam en Oriente.
Rusia aceptó la propuesta y se hizo cargo de los emblemas religiosos provenientes de Roma, que se habían resguardado en Bizancio tras la caída del Imperio Romano en el año 500. Cabe señalar que Bizancio añadió la segunda cabeza al águila bicéfala, para destacar simbólicamente que era la Segunda Roma, emblema que permanece hasta hoy como símbolo principal ruso.
El emperador de Bizancio murió durante la caída de Constantinopla. La heredera, su sobrina Sofía, para reforzar la continuidad de Roma en Rusia, se casó con el príncipe Iván III (Iván el Terrible). En la ceremonia, este adoptó el título de Zar, cuyo significado en latín es César. A partir de esa fecha, su corte real se constituyó a imagen y semejanza del Imperio Bizantino, manteniendo no solo su religión, sino también su misión.
La historia registra que respecto a este evento significativo, el monje Filofei envió una carta al zar Iván III para dejar en claro la responsabilidad que adquiría Rusia con la caída de Bizancio, con la siguiente advertencia: «Han caído dos Romas, Moscú es la tercera y no habrá una cuarta».
¿Cuál era esa responsabilidad que asumía Rusia según el monje Filofei? ¿Y por qué no habría una cuarta Roma? Para entender esta frase críptica que ha perdurado hasta hoy, debo remontarme al movimiento cristiano que se formó después de la crucifixión de Cristo.

El fundamento cristiano original
Jesús no dejó nada escrito respecto a su misión, tampoco habló de formar una iglesia. Decía que era hijo de Dios y que había llegado para difundir un conocimiento divino basado en el amor para aquellos que quisieran salvarse y entrar al reino de su Padre. También sostenía que su propuesta no interfería con la autoridad terrenal: «Lo que es del César es del César, lo que es de Dios es de Dios». «Lo mío es divino, lo del César es terrenal», decía Cristo.
Jesús no pretendía que se difundiera su palabra a punta de espada y menos obligar a los convertidos a pertenecer a una determinada iglesia. Esta es la gran diferencia que, según los ortodoxos, tienen con los católicos. Los eventos de la Inquisición, la evangelización forzada de indígenas, las guerras fratricidas entre facciones cristianas y la supuesta infalibilidad del papa reforzaron las diferencias estructurales entre la iglesia ortodoxa y la católica.
Según algunos ortodoxos, entre ellos mi abuelo, hay un acto de Jesús que pocos entienden: cuando entró a un templo judío y a latigazos expulsó a quienes negociaban allí la moneda romana con la judía, era una clara referencia al problema de esa época —la especulación financiera— simbolizado también en el becerro de oro bíblico.
Los primeros cristianos fueron perseguidos por el Imperio Romano durante más de 200 años, hasta que el emperador Constantino el Grande decidió adoptar la religión católica como oficial de Roma, justificándose: «Promover la doctrina de Cristo no se contradice con los propósitos de Roma de ampliar su imperio».

Cuando Roma cayó, el Imperio Bizantino, para diferenciarse, quiso ser reconocido como una iglesia basada en los preceptos cristianos originales. Por eso la llamó ortodoxa, cuyo significado es «costumbres y prácticas que se consideran correctas y legítimas dentro de un contexto determinado».
Cuando Bizancio cayó, Rusia asumió ese papel. A partir de esa fecha, los gobernantes rusos hasta la llegada del comunismo se llamaron zares. El último fue Nikolas, de la dinastía de los Romanov: toda su familia fue asesinada por los bolcheviques liderados por Lenin.

La ruptura bolchevique y Stalin
La caída del zar Nikolas y su familia fue un acto semejante a la destrucción de Bizancio: ambos eventos fueron sangrientos y tenían por objetivo eliminar de raíz la Segunda y Tercera Roma (Bizancio y Moscú). ¿Quiénes estaban interesados en tales actos? Los mismos que desde el inicio del cristianismo persiguieron encarnizadamente el mensaje de Cristo que iba en contra de los que hacían negocios en el templo especulando con la moneda de esa época.
Lenin promovió un movimiento internacional marxista opuesto al movimiento cristiano. De ahí que, al asumir los bolcheviques al poder, eliminaran al zar, a su familia y a la iglesia. Para lograr este objetivo, Alemania financió a Lenin para que realizara el equivalente de las actuales «revoluciones de color», destinadas a sembrar el descontento en Rusia en plena guerra con Alemania. El Imperio Ruso cayó, Lenin asumió el poder y pagó su deuda a los banqueros alemanes cediendo territorio.
Cuando Lenin murió, dejó por escrito el nombre de su sucesor: Trotsky, mentor y creador de la Internacional Socialista. Sin embargo, Stalin ya preparado para ese momento, se adelantó y asumió como líder supremo de la URSS. En Occidente se le conoce como uno de los grandes asesinos, pero la realidad es más compleja, hay aspectos de esa etapa histórica que deliberadamente fueron omitidos por los historiadores con el objeto de convertir a Stalin en un continuador del proyecto de Lenin. Lo cual definitivamente es falso, Lenin era globalista, Stalin nacionalista.
Stalin era severo, pero tenía motivos: la infiltración en Rusia de judíos organizados por Trotsky para instaurar un sistema globalista ateo y rusos europeístas que habían perdido sus privilegios y desesperadamente querían recuperarlos. De ahí se entiende por qué Stalin instauró leyes que impedían a los judíos participar en las reparticiones públicas y promovió el capitalismo estatal para impedir que el poder del dinero generado por los oligarcas lo desviara del camino trazado.
Mi padre entendía muy bien este problema. Era hijo de un comandante de la corte del zar de San Petersburgo, perdonado y amnistiado por Stalin al término de la revolución. Me decía: «El problema judío de la Rusia zarista continuó en la Rusia soviética y no va a desaparecer. Los judíos tienen una religión de carácter mesiánica sionista, basada en el control del dinero internacional para lograr ese fin».
Para comprender la relación de Stalin con la Tercera Roma, hay que entender quién fue él realmente. La historia señala escuetamente, que fue hijo de un zapatero alcohólico y de una ama de llaves de la residencia de un amigo del famoso general zarista, descrito como el «Marco Polo ruso». El general se llamaba Nikolas Przevalski, tío de mi abuelo Vladimir Uliantzeff Przevalski.

Según mi abuelo, Stalin fue apadrinado por ese general, quien le financió su educación en el seminario ortodoxo más prestigioso y costoso de Rusia, donde se capacitaba a la elite aristocrática para la política. Cuando Stalin abandona el seminario, ingresa a un movimiento oculto llamado Alexander Nevsky (héroe nacional ruso), aparentemente relacionado con la Ojrana zarista (equivalente a la KGB soviética). Para esa fecha, la Ojrana ya preveía el peligro que se cernía sobre Rusia proveniente de un grupo internacionalista ajeno a la idiosincrasia rusa liderados por Lenin desde Alemania. La tarea de Stalin era infiltrarlo.
Cuando Stalin se hace cargo del país, emprende una transformación profunda en todos los niveles de la sociedad. Lleva la industrialización a un nivel sin precedentes con una elite científica altamente calificada, lo mismo en el terreno de las artes y deportes. Internacionalmente establece diferencias de fondo respecto a la política de Lenin y en poco tiempo transforma al país en una potencia mundial rivalizando con Estados Unidos.

La Segunda Guerra Mundial y la movilización occidental
La Segunda Guerra Mundial llegó pronto, y nuevamente Occidente se movilizó contra Rusia. No podían permitir que la Tercera Roma se rehiciese después de que Lenin la destruyera hasta los cimientos. Lo que salvó a Stalin fue que los anglosajones estaban divididos: británicos por un lado y alemanes por el otro. A pesar de que Hitler quería unirse a Gran Bretaña para ir juntos contra Rusia, Churchill no lo aceptó. Odiaba al dictador nazi y tenía otra estrategia: unirse a Estados Unidos, derrotar juntos a Alemania y después ir contra Rusia.
La estrategia de Churchill fue la que primó, pero solo parcialmente. Estados Unidos esperó pacientemente y entró a la guerra solo cuando Alemania se la declaró; antes se limitó a enviar armamento a Gran Bretaña, igual como lo hace hoy en Ucrania para desgastar a Rusia.
Cuando la Unión Soviética doblegó a Alemania y obtuvo su rendición, hubo un momento histórico en Berlín, poco conocido, en que el general Patton presentó un proyecto a Eisenhower: «Rusia está debilitada, murieron 20 millones de sus soldados, de los nuestros solo 250.000, Alemania tiene varias divisiones intactas, devolvámosles sus armas y avancemos juntos contra los rusos. Le aseguro, mi general, que en cuestión de semanas destruimos a la Unión Soviética».
Esto no ocurrió gracias a que Eisenhower se negó.

El colapso soviético y el renacimiento con Putin
En 1991, la Unión Soviética se desplomó, los jerarcas soviéticos no continuaron con entusiasmo la misión de Stalin, no había mística. La Unión Soviética perdió gradualmente su norte; la Tercera Roma entró en pausa. El Politburó se atrincheró en dogmas marxistas que le cerraron toda posibilidad de reinventarse, a diferencia de China, que sí logró hacerlo a tiempo. Ese cambio quedó inmortalizado con la frase de Mao: «No me importa el color del gato, lo que importa es que cace ratones».

La gota que colmó el vaso en el drama soviético fue la traición de Gorbachov y Yeltsin. Ambos, a su manera, se rindieron ante Occidente, quizás pensando, como aquellos líderes de mente estrecha, que ante instancias difíciles, la solución es negociar la soberanía.
Cuando Putin asume el poder, resuelve unir el destino del Estado Ruso a la Iglesia. Esta adquiere un rol importante, dándole una formación coherente a Rusia, en cuyo enorme espacio geográfico coexisten diferentes etnias, religiones, razas y partidos políticos. El «pegamento» que unió a esa heterogénea masa de personas e ideas fueron los valores tradicionales, que en esencia corresponden a la misión que los ortodoxos dieron al primer zar, Iván III, con el mensaje de la Tercera Roma.
De esta forma, Putin salva a Rusia de su desmoronamiento espiritual y, con el concepto de la «Madre Rusia» internalizado en el alma rusa, logra preservar gran parte del imperio heredado de los zares y los soviets.

La confrontación actual: Ucrania y el conflicto civilizatorio
Una vez más, el Occidente colectivo liderado por británicos y estadounidenses empleó sus recursos para impedir el resurgimiento ruso, promoviendo «revoluciones de color» en Rusia, Bielorrusia y Ucrania. El plan solo dio resultado en Ucrania, puesto que Rusia y Bielorrusia se defendieron y lo desbarataron gracias a sus servicios secretos.
En febrero de 2014 se produce el golpe de Estado del Maidán, financiado por Estados Unidos y apoyado por la OTAN. Se depone al presidente ucraniano prorruso Viktor Yanukovich y se instaura uno pro europeo: primero el oligarca Petro Poroshenko, después el actor Vladimir Zelensky. El golpe de Estado conlleva una revuelta sangrienta: las nuevas autoridades ucranianas prohíben el idioma ruso, se persigue a la iglesia ortodoxa y se inicia una guerra civil sin participación directa de Rusia, solo enfrentadas una facción prorrusa contra el nuevo gobierno de Ucrania.
Al cabo de siete años de lucha, con más de 14.000 muertos, se logra en los acuerdos de Minsk una suspensión de la guerra a cambio de otorgar autonomía a una parte importante de Ucrania, para que defina libremente a sus gobernantes mediante consulta popular. La votación favorece por amplio margen a la parte prorrusa; sin embargo, el resultado no se respeta y se reinicia la guerra.
Esta vez Rusia decide entrar militarmente en defensa de la población que se definió como prorrusa, y lo hace a partir de 2022. La guerra continúa hasta hoy como un enfrentamiento global de Europa, Estados Unidos y la OTAN en contra de Rusia.


Si analizamos los posibles resultados de este conflicto, todo indica que Ucrania continuará existiendo solo si Rusia gana esta guerra. Si pierde, Ucrania desaparecerá absorbida por Occidente. Su deuda es inconmensurable; sus recursos naturales y su tierra ya fueron entregados a corporaciones occidentales mediante contratos aprobados por el congreso ucraniano. Su población está diezmada: 15 millones escaparon del país (unos a Rusia, otros a Europa) y 5 millones son las bajas entre muertos y heridos. Son cifras catastróficas para cualquier país.


Algunos advierten que se trata de la tercera guerra mundial. A mi parecer, no: es la primera con la segunda guerra que no han finalizado. Lo de Ucrania es solo la continuación. Aunque en realidad es mejor definirla como una confrontación civilizatoria entre Occidente y Oriente para arreglar cuentas que se vienen arrastrando por más de 2.000 años.
Bajo este prisma se entiende el afán de Occidente en promover la rusofobia, una obsesión generalizada contra todo lo ruso, especialmente sus símbolos, su idioma y lo más importante contra su bandera de lucha, el respeto natural, por el hombre, la mujer y la familia.
Se está acondicionando mentalmente a la población mundial para justificar una nueva invasión a Rusia. Sería la cuarta: la primera fue en 1720 con Suecia —después de siete años de lucha se rindió ante el zar Pedro el Grande—; la segunda en 1812 —Napoleón pierde dramáticamente su ejército en su invasión a Moscú—; la tercera en 1941 —Hitler, en un drama aún mayor, se «suicida» ante la aniquilación sistemática de su ejército por la fallida invasión a la Unión Soviética—; y la cuarta, veremos, espero que no exista.

Conclusión: el significado de la Tercera Roma
Para finalizar, el significado de la críptica frase del monje ortodoxo ruso dirigida al zar Iván III —»Han caído dos Romas, Moscú es la tercera y no habrá una cuarta»— representa, a mi modesto parecer, la última oportunidad para que el mensaje cristiano tenga efecto.
Llevamos 2.000 años de guerras consecutivas; el riesgo de un holocausto nuclear es más real que nunca. A estas alturas del problema, la única solución posible para detener esta locura es ir al fondo del asunto, desnudar al sistema financiero mundial, ya que es el que promueve todos los conflictos armados de este planeta. Es el que permite la creación de dinero de la nada mediante la especulación, recurso indispensable para comprar voluntades y mantenerlo todo en las sombras.
Dadas las circunstancias y tal como se ve el tablero geopolítico mundial, solo Rusia tiene la mística, la experiencia y el poder militar para liderar esta magna tarea. Solo Rusia ha demostrado no estar interesado en erigirse poseedor de la verdad absoluta, pareciera que Putin intuye que esta tiene setenta y cuatro caras, como dicen algunos sabios, y nadie las conoce todas. De ahí que adoptó la postura de la multipolaridad que garantiza a los países expresar su punto de vista, tener la libertad de actuar en consecuencia y comercializar con quien se le dé la gana.
No queda otra, aceptemos nuestras diferencias y vivamos en paz. EEUU, Rusia, China, derechas e izquierdas, todos tienen algo que aportar. De lo contrario, como dijo el monje, no habrá una cuarta oportunidad, no porque Rusia no persista, sino porque puede que la humanidad ya no exista.