Cada país tiene una identidad diferente y las personas también, todos somos distintos. Eso no debe desaparecer. Chile es distinto a Brasil, a China o a EE.UU. La interacción libre y armónica entre estas diferencias es la que genera el crecimiento, tanto en las personas como en los países.
De ahí la importancia del respeto y la no injerencia en los asuntos internos de los países y de las personas, es la única forma de comunicarnos constructivamente.
El desarrollo de un país, de una persona o una tribu indígena, no se mide por los bienes que posee o por sus avances tecnológicos, se mide por su capacidad de convivir en paz. Usen este concepto y descubrirán que país es superior a otro o que persona es mejor que a otra. No nos cabe duda de que hay tribus indígenas superiores a muchos países.
También hay que darse cuenta de que las diferencias no son definitivas, el país que está mal puede cambiar, se requiere de decisión y un proyecto adecuado. Lo mismo para el que está bien, basta que se deje estar para irse por el despeñadero. Es lo que está pasando.
Convivir armónicamente se logra mediante el respeto hacia el que piensa y actúa distinto. “Estoy en desacuerdo con tus ideas, pero daría mi vida para que tengas derecho a expresarlas” ¿Quién piensa así hoy? Pocos, aunque es la esencia de un gobierno democrático.
La clave del éxito está en las diferencias, siempre va a existir un país mejor que otro o que tenga más que otro, pero si interactúan armónicamente entre ellos todos crecen. La «igualdad por decreto» es fatal, es matar el sentimiento natural de querer crecer por sí mismo, por su propio mérito, todo individuo lleva dentro de sí ese impulso. La igualdad debe regir en las oportunidades, después, es la persona o el país el que decide cuanto esfuerzo le va a dedicar a su proyecto y dependiendo de eso tendrá más éxito o menos éxito.

